Puebla, Puebla.- Largas filas inundaban la explanada; cientos de camisetas negras coloreaban la atmósfera, “no corras”, gritaba una voz severa, pero los oídos sordos se hicieron presentes. Los rostros de los asistentes dibujaban una inmensa felicidad.
“Enrique”, “Enrique”, coreaban los espectadores. Eran cerca de las ocho de la noche cuando el Centro Expositor de la capital poblana reunió a cientos de voces y almas. El silencio no fue bienvenido.
El escenario estaba listo, una ola de gritos llenos de euforia y emoción encapsularon el momento: “Enrique”, “te amo”; el reloj marcó las 21 horas. Las luces se apagaron, Landázuri y los Santos Inocentes arribaron.
“Despierta, todo ha cambiado, nada es como habíamos imaginado”, un ovni hacía parada en el escenario, mientras cientos de almas coreaban: “hoy te sientes distinto, porque eres distinto”. Bunbury presentaba ante los poblanos su más reciente producción “Palosanto”.
“Buenas noches cabrones”, gritó el cantautor zaragozano, mientras los santos inocentes entonaban con sus instrumentos el éxito “El club de los imposibles”, canción que vio la luz en el 2002, con el disco “Flamingos”.
Los asistentes gritaban emocionados, mientras Enrique lucía su cabellera con sus movimientos. Su vestimenta coordinada, brillaba al ritmo de la luz. Centellas azules, verdes, naranjas y blancas adornaban el escenario, su escenario.
“Venimos a presentarles “Palosanto”, esto es: “Los inmortales”, “ya asoma la luna entre las nubes y tu rostro a ésta última luz; te delata en la escena final, del caso preferido de SHERLOCK HOLMES”, entonaba Enrique, mientras algunos carteles ondeaban con la leyenda: “Bunbury ♥”.
El reloj marcaba las veintiún horas con veinte minutos, Bunbury, quien lucía una vestimenta totalmente negra, sorprendió al enloquecido auditorio cuando mencionó: “esto es un tema de Radical Sonora”.
Los bunburyanos gritaron emocionados, los santos inocentes hicieron lo suyo, Enrique alzó la voz y entonó: “Contracorriente”, una de las doce melodías que componen su primer disco como solista, “Radical Sonora”, mismo que vio la luz en 1997.
“No me digas Hijo de Cortés… brindemos con chelas y pisco, no hagamos de la historia un fraude, de tierra de fuego hasta río grande, a su salud”, cantaba el artesano musical, mientras decenas de asistentes bailaban al son de las notas”.
Era el turno de Hijo de Cortés, canción número nueve del disco Palosanto; el cantautor entonaba con éste tema, tres de sus quince nuevas canciones.
Las lágrimas y las súplicas no se hicieron esperar, tras entonar: “Ódiame por piedad yo te lo pido”, los bunburyanos estaban más que entregados con su ídolo.
Apenas había pasado media hora, cuando Enrique sorprendió a sus seguidores con “más alto que nosotros solo el cielo”, canción que se posesionó rápidamente en México, pues ya es número uno en la tierra azteca.
El músico encendió su máquina del tiempo y viajó hasta el 2008, interpretaba con el corazón en la mano: “porque las cosas cambian”, mientras los asistentes brincaban, lloraban y coreaban uno de los éxitos más representativos de su disco “Hellville de Luxe”, álbum que presentó en Puebla, el 25 de marzo de 2009.
“Es mejor que corras que no te alcance, solo deseo que no descanses”, cantaba a todo pulmón Enrique Bunbury, mientras en la pantalla principal aparecían logos de diversas empresas; era turno de “Destrucción Masiva”, canción número siete de “Palosanto.
Las luces se apagaron, en la pantalla se apreciaba una explosión, Bunbury se había quitado su chamarra, las chicas gritaban alborotadas: “cásate conmigo”, “mi amor, te amo”, “chiquito”.
El español, nuevamente encendía su máquina del tiempo, pero esta vez para entonar: “El extranjero”, “pero allá donde voy me llaman el extranjero…”, mientras terminaba esa frase, el cantante gritó: “ustedes”, y señaló con el micrófono a los asistentes, que gritaban cada vez con más fuerza”.
Enrique sonreía satisfecho, su melena se mecía al ritmo de la canción. Bunbury quería que escucharan su corazón, por eso cada vez que podía llevaba el micrófono hacia su pecho”. La camisa había desaparecido, lo que lucía el músico eran sus tatuajes y un cuerpo bien cuidado.
“Empezar porque sí, y acabar no sé cuándo; el azul me da cielo y el iris los cambios”, Bunbury generaba sin querer un paro cardíaco entre los asistentes, entonaba uno de los temas que llegaron para quedarse “Deshacer el mundo”, canción que vio la luz en 1995, junto a los Héroes del Silencio.
El escenario se tornó azul, Enrique cambió de guitarra, dio unos cuantos pasos en el escenario y emprendió junto a los asistentes, el viaje a ninguna parte: “devuélveme el amor que me arrebataste”, coreaba el público. El músico entonaba el rescate.
Bunbury continuó con los habitantes, salvavidas, el hombre delgado que no flaqueará jamás, hay muy poca gente, frente a frente y que tengas suertecita.
“Que no interrumpa lo cotidiano mis pensamientos”, la atmósfera ahora era blanca, las copas de whisky y cerveza chocaban, el humo de cigarro impregnaba el escenario, mientras Bunbury entonaba “De todo el mundo”.
Mientras Enrique caminaba, danzaba y hacía suyo el escenario, pidió a todos los asistentes que le dijeran un sí: “Todo valió un zarpazo al corazón”, las parejas bailaban, mientras las bunburyanas gritaban: “cariño, mi vida, criatura de rubí”.
Tras interpretar “Sí”, canción del álbum flamingos, Enrique hizo una pausa y presentó a su banda: él es el Reverendo Rebenaque, en los teclados; Ramón Gacías en la batería; Quino Béjar en percusión; Robert Castellanos en el bajo; Álvaro Suite y Jordi Mena en la guitarra”.
Mientras presentaba a su banda, cada uno de los integrantes recibía cientos de aplausos, Enrique interrumpió: “hermanos y hermanas de Puebla, un placer estar cantando para todos ustedes; con esta canción nos vamos a despedir”. El auditorio se impregnó de negativas.
“La música y la voz de Enrique se volvieron a adueñar del auditorio”, el tema “Lady blue”, aceleró los corazones bunburezcos, mientras Bunbury gritaba: “un intenso placer estar con ustedes esta noche, hasta siempre”, mientras un ovni giraba en el escenario.
Las luces se apagaron, los asistentes enloquecieron y gritaron a una sola voz: ¡Enrique!, ¡Enrique!, ¡otra, otra, otra!, los segundos fueron eternos para los cientos de bunburyanos, pero solo habían pasado dos minutos.
El cantante no hizo esperar más a sus seguidores, las luces se encendieron, los santos inocentes volvieron a pisar el escenario; Enrique agradeció a los asistentes y preguntó: ¿por qué nos las pasamos tan bien en Puebla?, mientras algunos respondían: porque aquí te amamos.
Eran las 22 horas con cuarenta minutos, Bunbury interpretaba “Miento cuando digo que lo siento”, los bunburyanos coreaban: “otra vez será, no volverá a pasar”, mientras otros asistentes lloraban.
Las luces se apagaron, Bunbury apareció con un sombrero, como el que lució en su pasada presentación “las consecuencias”, primero y dos de octubre de 2010 en la capital poblana”, las mujeres gritaban enloquecidas, el ánimo aumentó.
“Me calaste hondo y ahora me dueles; si todo lo que nace perece del mismo modo”, el auditorio cimbró. Bunbury hacía recordar a los presentes uno de sus más representativos éxitos: “Infinito”. Cada estrofa, cada palabra, era como un golpe al corazón. Algunos bunburyanos lloraban desconsolados, otros brindaban al ritmo de la canción.
Mientras decía la frase: y el día que yo me muera y moriré mucho antes que tú, Bunbury, señaló a cuatro personas, diciéndole a cada una “tú y tú y tú y tú”.
Las luces, nuevamente se volvieron a apagar, Enrique agradeció una vez más a su público: “muchas, muchas gracias”. La gente enloqueció, mientras gritaba: “otra, otra”. El auditorio albergó desesperación. Eran las once de la noche.
¿Qué pasó?, ¿ya se cansaron?, ¿a qué hora es el último bus?, ¡tienen que levantarse mañana temprano, los espera su madre levantada!, ¿quieren un poco de rock?, gritó Enrique Bunbury, al volver al escenario.
Tras emocionar a los bunburyanos con su inesperado regreso, los santos inocentes hacían sonar sus instrumentos, mientras Bunbury entonaba: “Bujías para el dolor”. Los aplausos no se hicieron esperar.
Música melancólica inundó el lugar: “sácame de aquí, no me dejes solo, ¿o todo el mundo está loco?, ¿o Dios es sordo?, interpretaba el zaragozano. El reloj marcaba las 11:14. Bunbury sonreía y mandaba besos.
El final se acercaba y los bunburyanos lo presentían; Enrique cantaba: “ya solo puede ir mejor y está cerca el momento; espera que sople el viento a favor”.
Los asistentes coreaban: “El viento a favor”, mientras el auditorio enloquecía, cientos de papelitos luminosos caían entre las primeras filas. Bunbury comenzaba a despedirse.
“Muchas gracias, hasta siempre”, mencionó Enrique Bunbury, mientras salía del escenario. El show había llegado a su fin, tras enloquecer a su público con 26 canciones.
